Es una palabra aramea que significa «ábrete», pronunciada por Jesús en Marcos 7:34 para curar a un hombre sordo y tartamudo. Simboliza la apertura de los oídos y el corazón para escuchar la Palabra de Dios y hablar de su amor.
Muchas veces la mirada del alma está ciega y no percibimos la felicidad para la que hemos nacido. En el Génesis se relata la primera vez que la humanidad se separa de Dios, una separación que se sigue repitiendo en nuestras vidas, en una desconexión espiritual que se manifiesta en angustias y vacíos emocionales.
En la película Los Domingos, una mujer, en su travesía interior, encuentra su camino de amor para vivir la Gran Experiencia, un viaje que no solo la lleva a reconocer su propia esencia, sino también a entender las interconexiones con los demás. Sin embargo, esto, tan claro en la pantalla, se vuelve turbio para algún espectador que no percibe la serpiente en su oído, esa voz engañosa que susurra dudas y temores, impidiéndole vislumbrar las oportunidades de transformación y alegría que están a su alcance.
El miércoles, día 18 de febrero, comienza la Cuaresma, un tiempo sagrado en el que los fieles se preparan espiritualmente para la celebración de la Pascua. En la misa de este día, a las 19:00 h, se bendice y se impone la ceniza, hecha de los ramos de olivo o de otros árboles bendecidos el año precedente, como un símbolo de nuestra mortalidad y de la necesidad de arrepentimiento.
Mensaje del Papa León para vivir la Cuaresma 2026
Escuchar y ayunar.
La Cuaresma como tiempo de conversión
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.
Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.
Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.
Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia».[1]
Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.
San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios».[3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».[4]
Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
Juntos
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).
Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.
Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.
Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.
Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir.
Fortalecer el sector agrícola y ganadero, para mitigar el hambre en una zona rural de Haití. Esta zonal rural, próxima a Puerto Príncipe atraviesa una situación particularmente crítica debido a la presencia de grupos armados. El hambre aguda afecta a una de cada dos personas en Haití. Las condiciones de vida son muy difíciles, con escasez de infraestructuras básicas como electricidad, servicios sanitarios, agua potable, etc… Manos Unidas pretende colaborar con el socio local, Cáritas Puerto Príncipe, que está desarrollando un programa de apoyo a agricultores y ganaderos en estas zonas rurales, con el objetivo de reactivar la producción local y mitigar el hambre. Manos Unidas asumiría el 80% del proyecto (materiales, personal, servicios técnicos) y el socio local el 20% restante (materiales y mano de obra). Objetivos del proyecto: ● Adquisición y distribución de semillas y esquejes, así como herramientas agrícolas y bombas de aspersión para el riego. ● Se impulsará la cría de conejos para consumo y venta, con la adquisición y distribución de animales, se construirán conejeras y se establecerán 6 parcelas forrajeras para alimentar a los conejos. ● Formación a las familias sobre técnicas agrícolas y cría semis-intensiva de conejos Los beneficiarios directos serán 350 familias (1.750 personas), beneficiando indirectamente a la comunidad en general. Coste del proyecto: 91.120 € ¿¿¿Te animas a colaborar??? Adquiere tu entrada a la cena o fila cero: 10 €.
“En el mundo de hoy, donde Dios está ausente, constatamos que está dominado por el miedo, por la incertidumbre, sin embargo, la palabra ‘alégrate’, porque Dios está contigo, está con nosotros, abre realmente a un tiempo nuevo”.
“La alegría es el verdadero don de la Navidad, transmitamos esta alegría y la alegría donada volverá a nosotros. Pidamos para que en nuestra vida se refleje esta presencia de la alegría liberadora de Dios”. Benedicto XVI.
Domingo, 30 de noviembre de 2025 – miércoles, 24 de diciembre de 2025
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«El Adviento es un tiempo de espera activa y gozosa, que combina la esperanza en la segunda venida de Cristo con la alegría por su nacimiento en Belén. Es un período de conversión, donde se invita a apartar los obstáculos del egoísmo («montañas») y la trivialidad («valles») para abrir el corazón a la voz suave de Dios, que nos asegura su amor y presencia. La Virgen María es presentada como modelo de esta espera vigilante y amorosa». Benedicto XVI
El domingo, día 2 de noviembre, a las 12:30h., se aplicará la eucaristía por todos los difuntos de la parroquia y de los que participen en la celebración. Nuestra oración unida a Jesucristo en la eucaristía es lo mejor que podemos hacer y ofrecer a nuestros seres queridos. Ese día comenzará la Novena de difuntos que se rezará todos los días después del rosario y antes de la misa diaria. Finalizará el día 10 de noviembre.